Alonzo Wang quedó paralizado.
No podía creerlo. Aquel negocio era demasiado importante, una pieza clave en su estrategia, y ahora lo había perdido. Por culpa de Roma.
Observó con rabia contenida cómo los señores Vicent recogían sus pertenencias con calma y se ponían de pie.
Su instinto le gritaba que debía hacer algo, revertir la situación, usar su labia persuasiva para enmendar lo que ya estaba roto.
—Señor Wang, ahora no quiero hablar más de negocios —sentenció uno de ellos, con una frialdad q