Alonzo sintió cómo Roma intentaba apartarse de su beso feroz.
Sus labios buscaban los de ella con desesperación, con esa intensidad que solía doblegarla en el pasado.
Pero esta vez, Roma no cedió. Era como besar una pared, fría y distante, llena de desprecio.
De un empujón, ella lo alejó con una fuerza inesperada y, en un solo movimiento, su mano se estrelló contra su mejilla.
El sonido seco de la bofetada resonó en el aire, dejando a Alonzo completamente perplejo.
Su piel ardía, pero más lo hac