Las manos de Fernanda temblaban, sus dedos apenas podían sujetar el teléfono.
Se sentó en la banca del hospital.
El aire frío le calaba los huesos, pero no era el frío lo que la paralizaba. Una nube de ansiedad le nublaba la mente. Las preguntas se amontonaban como una tormenta imposible de calmar.
«¿Qué haré? Estoy embarazada. No quiero atar a Matías con un bebé. Él no me ama, nunca lo ha hecho, pero... ¿Podrá amar a su hijo?»
El pánico la envolvía. Las palabras se le atoraban en la garganta, y