—¡Déjame! —gritó Fernanda, la voz quebrada, mientras su cuerpo se tambaleaba, luchando por encontrar estabilidad.
La habitación giraba a su alrededor, una danza borrosa de luces y sombras que la hacía sentir perdida en un laberinto sin salida.
El alcohol en su sistema la dejaba vulnerable, una sensación de estar flotando, de no tener control.
Y él, Matías, ahí a su lado, tan cercano, tan imponente, solo intensificaba esa fragilidad que sentía. El peso de su cercanía, la oprimía, la ahogaba.
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