Matías corría por el estacionamiento, sus pasos resonando con urgencia, su respiración entrecortada.
El corazón le latía con fuerza en el pecho, un nudo en su garganta.
—¡Fernanda, por favor! —gritó, pero las palabras no parecían alcanzar su destino.
Ella ya estaba subiendo a su auto, ignorando su llamada, su desesperación.
Detrás de él, Laura, con la voz quebrada, lo llamó con un dolor casi palpable en su tono.
—¡Matías, ayúdame, me siento tan mal!
Pero Matías no se detuvo ni un segundo. No pod