De pronto, la mano de Mateo se cerró con furia sobre el cuello de Andrea, apretando con tanta fuerza que sentía que le faltaba el aire.
—¡¿Eres Annia?! —su voz estaba llena de rabia contenida, su respiración agitada.
Andrea luchó por mantener la calma, pero el miedo la invadió, y una sensación de ahogo se instaló en su pecho.
Todo su cuerpo estaba tenso, como si pudiera quebrarse en cualquier momento.
No podía dejar que él descubriera la verdad, no aún, porque tenía miedo.
—¡No! —respondió, pero