Mateo, aterrorizado, la levantó en sus brazos con una rapidez que no pensó, como si su vida dependiera de ella.
Su corazón latía desbocado, golpeando su pecho con fuerza, mientras sentía el peso de la angustia y el pánico atenazándole la garganta.
La llevó rápidamente a la cama, con la piel sudorosa y el rostro pálido de Beth, reflejando una fragilidad que jamás había visto en ella.
Su miedo era palpable, y su voz temblaba cuando ordenó con firmeza.
—¡Llamen a un médico, rápido! —dijo, su voz gr