Matías estaba en su despacho, la luz tenue de la tarde colándose a través de las persianas.
El sonido del papel al ser volteado y las hojas que crujían al ser examinadas llenaban el espacio vacío.
Estaba a punto de terminar, mientras firmaba unos contratos.
Cuando esa mujer irrumpió repentina en la oficina.
No había tocado. No había avisado. La mujer irrumpió sin más, y una ola de rabia recorrió su cuerpo como un torrente violento.
—¡Maldita sea, Laura! —exclamó, levantándose abruptamente de su