Cuando Roma salió del salón, apenas pudo sostenerse en pie.
Su cuerpo temblaba, la adrenalina seguía corriendo por sus venas, pero la verdad que acababa de soltar la había dejado exhausta.
Apenas pudo entrar al auto antes de que su fuerza la abandonara.
Giancarlo la miró y su expresión se endureció al notar la marca rojiza en su mejilla.
Un latigazo de furia le recorrió la sangre.
—¡Lo voy a matar! —gruñó con los puños apretados, a punto de abrir la puerta y salir en busca de Alonzo.
Pero la sua