Giancarlo y Roma iban en el auto.
Él tomó su mano, entrelazando sus dedos con suavidad.
—¿Estás bien? —preguntó Giancarlo, su voz grave pero cargada de preocupación.
Roma asintió lentamente, mirando hacia el frente sin realmente ver.
La imagen de Alonzo gritando su nombre aún resonaba en su mente, y aunque intentaba mantener la calma, su corazón seguía latiendo con fuerza en su pecho.
—Lamento esto... —dijo, su voz temblorosa. Era un susurro, como si hablar en voz baja pudiera mitigar el dolor d