Roma había estado escuchando todo desde el cuarto de baño, y cuando aquella voz se volvió tan familiar, su corazón se detuvo por un instante.
Abrió la puerta sin pensarlo, sus ojos se abrieron como platos al ver la escena frente a ella.
Kristal, semidesnuda, caminaba hacia Giancarlo sin el menor atisbo de vergüenza.
Sus pasos eran lentos, pero decididos, y la mirada que tenía, fija en él, era de desesperación.
Roma sintió un escalofrío recorrerle la columna. No era solo la furia que esa imagen l