Casi al anochecer, Kristal llegó al hospital con el rostro desencajado, la mente nublada por la angustia.
Cada paso que daba hacia el lugar donde su hijo luchaba por su vida parecía pesarle más que el anterior, como si la gravedad de la situación la estuviera aplastando.
La sala de espera era fría, vacía, reflejando la soledad que sentía en su pecho.
Se sentó en una de las sillas, esperando el momento en que pudiera ver a su hijo.
El reloj parecía burlarse de ella, su tic-tac resonaba en sus oíd