—¡Ya basta, Alonzo Wang! Di la m*****a verdad: tú no amas a nadie, ni siquiera a tu hijo, ni siquiera te amas a ti mismo —sentenció Roma, su voz quebrada por la rabia y el dolor, como si cada palabra fuera un puñal lanzado con furia.
Su mirada fija en él lo atravesaba, buscando una respuesta, pero sabía que no la encontraría.
Alonzo la miró con dolor, como si cada palabra que saliera de su boca fuera veneno.
Era evidente que sus sentimientos por Roma estaban mezclados, arrepentimiento, pero, en