Casi a la medianoche, Alonzo Wang sostenía el vaso en la mano, observando las fotografías de Benjamín en silencio, mientras las imágenes de su hijo lo atormentaban como fantasmas de un pasado que nunca pudo recuperar.
El alcohol corría por sus venas, pero no lo aliviaba. A cada sorbo, el dolor de su corazón crecía, como si el vacío que sentía nunca pudiera llenarse.
El teléfono sonó, rompiendo la pesada quietud de la habitación. Con una mano temblorosa, Alonzo levantó el auricular, sin siquiera