Mateo subió al auto sin hacer preguntas.
No tenía idea de a dónde iban, pero no le importaba. Apretó los labios y se quedó en silencio. No quería más peleas con su padre, no hoy.
El peso de todo lo que había ocurrido lo asfixiaba, y aunque una parte de él quería exigir respuestas, otra solo quería hundirse en su propia miseria.
El auto avanzó por la ciudad, pero Mateo apenas veía las luces pasar. Su mente estaba en otro lugar, atrapada entre el resentimiento, la confusión y el dolor.
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En el h