—Te liberaré, pero si le dices algo a Annia, juro que acabaré contigo —dijo Giancarlo, su voz grave y peligrosa.
—¡No diré nada, señor! Lo juro... ella es una maldita. La odio... ¡Abandonó a su propio hijo! No la quiero en mi vida, nunca... nunca más —el hombre se apresuró a responder, su tono lleno de desesperación y rabia, como si todo lo que había acumulado en años de sufrimiento estuviera por explotar.
Hizo un gesto con la mano, ordenando que el hombre y su hijo fueran sacados del país de in