Fernanda salió del hospital con el corazón oprimido.
Condujo sin rumbo fijo, con la mirada nublada por las lágrimas. No podía seguir engañándose, no podía seguir luchando contra lo inevitable.
Creía que Matías nunca la amó como ella lo hizo. Y, si quería sobrevivir a esta tormenta, tenía que arrancarlo de su corazón.
Cuando llegó a casa, Roma estaba esperándola en la sala. Apenas la vio, se puso de pie con preocupación.
—Fernanda, ¿qué pasa? ¿Estás bien?
Fernanda intentó contenerse, pero al ver