El aire nocturno estaba impregnado del aroma a desinfectante cuando Roma cruzó las puertas del hospital.
Su corazón latía con fuerza, no por prisa, sino por el peso invisible que cargaba en el pecho. Se detuvo por un momento, sintiendo el eco de sus propios pasos sobre el frío suelo de la entrada.
Había cerrado una puerta en su vida, pero otra, una mucho más grande, acababa de abrirse.
Levantó la mirada y ahí estaba él. Giancarlo. Esperándola con la paciencia de un hombre que entendía sus silenc