Mansión Savelli
Cuando Roma y Giancarlo regresaron a la mansión Savelli, el aire estaba cargado de alegría y risas.
Los niños, que llevaban días esperando su regreso, recibieron con brazos abiertos a sus padres, corriendo a abrazarlos con la inocencia de quienes aún ven el mundo a través de los ojos de la felicidad.
—¡Mami, papi! —gritaron al unísono, sus caritas radiantes de emoción.
Giancarlo sacó de la bolsa unos regalos, pequeños juguetes que rápidamente fueron rodeados por manos ansiosas.
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