Eugenia y Kristal llamaban sin cesar a Alonzo Wang, pero él ni siquiera respondía.
El sonido de las llamadas rechazadas resonaba como una condena en sus oídos. El tiempo avanzaba sin piedad, y la desesperación comenzaba a consumirlas.
Eugenia, sin acceso a los fondos necesarios, se sentía impotente mientras su pequeña esperanza luchaba por sobrevivir.
Cada minuto era una agonía. Kristal, agotada y al borde del colapso, se sentó junto a la cama de hospital, sus ojos llenos de desesperación.
Cuan