Trece.
Reinó el silencio sepulcral, lúgubre.
El maldito susto que no había querido salir y ahora, con la muerte, le recorría todo el cuerpo. Lanzó un grito de dolor y su rostro se cubrió de una intensa palidez, rodillas al suelo sintió su mundo desmoronándose, se le contrajo antinaturalmente el estómago, como si dicho se hubiese vuelto un nudo apretado y estuviese a punto de escupirlo.
De pronto, la misteriosa sombra que quedó en pie se dirigió con pisada pesada, cautelosa hacia su dirección, pasando