Habían pasado tres días. Tres días desde la hemorragia, tres días desde que la trasladaron al hospital, tres días desde que Rowan le negó ver a su hija.
Elara no había salido de esa habitación. La mantenían conectada a suero, vigilando sus signos vitales y el embarazo que aún seguía en curso. El segundo saco, el latido débil, pero firme, que ahora era lo único que la mantenía anclada.
La doctora no le dijo nada al doctor encargado; por alguna razón le dio la información de que todavía estab