Los días en Dubái comenzaron a acomodarse con una extraña naturalidad.
La villa que Alexander había preparado para todos no era solo lujosa, era exageradamente perfecta. Amplios ventanales que dejaban entrar la luz dorada del desierto, una piscina infinita que parecía fundirse con el horizonte y habitaciones diseñadas con un gusto impecable.
—Si esto no es vida, no sé qué es. —Felipe estaba recostado en una de las tumbonas, con gafas de sol y una bebida en la mano. —Podría acostumbrarme fácilme