El calor de Dubái no daba la bienvenida, golpeaba.
Apenas las puertas del aeropuerto se abrieron, una ráfaga de aire caliente envolvió al grupo como una advertencia silenciosa de que estaban lejos de casa.
—Esto no es calor, esto es un castigo divino. —Murmuró Felipe, aflojándose el cuello de la camisa con dramatismo. —¿Quién vive aquí voluntariamente?
—Gente con dinero. —Respondió Rowan con calma, ajustándose las gafas de sol.
—Entonces ya entiendo por qué Lily se quedó. —Añadió Felipe con una