El despacho de Fergus McGregor estaba sumido en un silencio absoluto, interrumpido únicamente por el leve tic-tac de un reloj antiguo. La luz del atardecer se filtraba por los amplios ventanales, tiñendo de tonos dorados las paredes de madera oscura. Todo en aquel lugar reflejaba orden, control y disciplina, exactamente como su dueño.
Sobre el escritorio reposaba un sobre blanco con bordes dorados. Impecable, elegante y curiosamente peligroso.
Fergus lo había recibido hacía apenas unos minutos,