Isabella se mantenía erguida, con el mentón alto y las piernas cruzadas con una precisión casi coreográfica. Sostenía su portafolio sobre el regazo, como una reina aferrada a su cetro, mientras sus dedos jugueteaban con la cremallera dorada con una calma engañosa.
A simple vista, parecía una mujer imperturbable, sin embargo, cada minuto de espera tensaba más la cuerda de su paciencia, estirada al límite por la incertidumbre cuidadosamente calculada del mundo corporativo que la rodeaba.
Cloe, se