El silencio reinaba en la habitación, roto únicamente por el sonido irregular de la respiración de Isabella, que se alzaba y caía en un ritmo tembloroso, casi doloroso.
Estaba recostada en la cama, con los ojos enrojecidos y abiertos de par en par, todavía sacudida por todo lo que había vivido minutos antes.
El peso de la visión seguía oprimiéndole el pecho, como una losa invisible que no le permitía respirar con normalidad, haciéndole sentir atrapada entre el presente y los ecos de un pasado q