Se lo tragó la tierra.
Aquella mañana, los pasillos del juzgado civil, normalmente bulliciosos, parecían haberse contagiado de la tensión que se respiraba en la sala principal donde se ventilaba el divorcio Moretti-Deveraux.
La citación había sido emitida con días de antelación, por lo que todo estaba dispuesto para lo que prometía ser un acto decisivo.
En la primera fila aguardaba Isabella Deveraux, impecable en un traje azul marino de líneas rectas que realzaba su porte elegante. El cabello caía suelto en ondas sua