No me arrepiento de nada.
El aire pareció evaporarse cuando sus labios se encontraron una vez más.
No hubo vacilación, ni temblores de duda, solo la certeza incontenible de lo que ambos habían estado reprimiendo.
El beso fue intenso, urgente, como si las palabras ya no pudieran cargar el peso de lo que sentían y la única forma de expresarlo fuera a través de ese contacto feroz, desbordado, casi desesperado.
Gabriel la sostuvo con fuerza, envolviéndola con la determinación de quien teme perder lo que por fin tiene entre