Eso no es lo que ella me dice.
El rostro de Sebastián se tensó de forma visible, porque por más que lo intentaba, le costaba mantener la máscara de seguridad que tan bien había sabido usar durante años, aunque en ese instante, se aferraba a ella como quien se aferra a un salvavidas en mar abierto.
Repentinamente, el recuerdo de Miranda lo comenzó a pinchar por dentro como una aguja vieja y oxidada, aquella mujer que había elegido irse con él y había dejado a Gabriel atrás con una herida que, por años, se rumoreó incurable.
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