El cuerpo del hombre olía ligeramente a alcohol y tabaco. Parecía que estaba borracho otra vez.
La respiración de Julieta se detuvo un momento mientras forcejeaba:
—Suéltame.
Pero Leandro no sólo no la soltó, sino que la abrazó con más fuerza. Sus labios fríos se apretaron contra su oreja. Su voz era ronca.
—No te soltaré.
—Señor Cisneros, ¿qué está haciendo?
—Julieta, no te vayas, quédate a mi lado.
Un dolor punzante atravesó el corazón de Julieta, que en cierto modo no podía respirar.
Después