Julieta sintió un escalofrío recorrer todo el cuerpo. ¿No estaba teniendo demasiada mala suerte? ¿Sería que Dios no le dejaba ver a Leandro? Pero se prometió a sí misma que no huiría más. Esta vez tenía que ir.
Detrás de ella, había un coche aparcado en una esquina de la carretera.
—Señor, ¿por qué no enviamos un coche a recogerla?
El hombre del asiento trasero observó la escena fríamente.
—Eh, no tienes que preocuparte.
—Pero… Si la señorita Ruiz se resfría, esto no será bueno.
—La gente no es