La luz del amanecer entraba tímida por la ventana de la habitación del hospital. Julieta abrió los ojos lentamente, sintiendo un cansancio profundo recorrerle cada músculo. El pitido constante de las máquinas le recordaba dónde estaba, pero lo primero que vio fue la silueta de Kenji, sentado junto a la cama, con la cabeza apoyada en su mano y la mirada fija en ella como si hubiera pasado horas esperando ese momento.
―Buenos días, bruja. ―Murmuró con voz ronca, al verla moverse.
Julieta trató de