El mar estaba picado en esa madrugada. El cielo, aún teñido de sombras, se confundía con la superficie oscura y movediza. La brisa cargada de sal y humedad anunciaba tormenta, pero nada parecía importarle a Kenji.
Caminaba por la playa de un pequeño poblado costero, con la mirada perdida y los puños apretados, deteniéndose frente a cada choza, a cada barca atada en la arena. El dolor le hervía en las venas. No era solo ira: era un fuego que quemaba todo a su paso. El pensamiento de Julieta tal