El amanecer en la isla fue distinto. Tras un día entero de fiebre, Julieta abrió los ojos sintiéndose más ligera. El malestar apenas era una sombra. Se incorporó despacio en la cama y miró hacia la ventana; las cortinas dejaban entrar un rayo de sol. Kenji entró justo en ese momento, con una bandeja en las manos.
—Veo que estás despierta. —Dijo él con una sonrisa tímida. —¿Cómo te sientes?
—Mejor. —Respondió Julieta, con ese tono frío que le quedaba de costumbre. —Al parecer tu sopa funciona.