Hernán Del Valle entró a la comisaría con la misma furia con la que había salido de su casa, pero con una diferencia: ahora tenía demasiados ojos encima.
No llegó esposado. Caminó entre dos funcionarios, con la camisa apenas arrugada, el saco abierto y esa expresión de hombre ofendido que había usado tantas veces para convertir sus abusos en malentendidos. Sin embargo, esa tarde la máscara le quedaba más rígida. Había perdido el control de su casa, de Eva, de sus hijos, de su celular y, por pri