Agustín no llevó a Eva y a los niños directo a la casa de campo.
Lo decidió al verla sentada en el asiento trasero del taxi, con María apoyada sobre sus piernas, la cara encendida y los ojos cerrados de cansancio. Eva le acariciaba el pelo con una mano, mientras con la otra sostenía todavía la cartera, como si todavía no pudiera permitirse soltar nada.
Lucas no dejaba de mirar por la ventanilla.
No preguntaba demasiado, pero estaba atento a todo: al taxista, a las calles, al rostro de su m