Lupe continuó la marcha sin atreverse a mirar atrás, permitiendo que el estrépito de las avenidas de Manhattan mitigara el torbellino de pánico en su pecho. El gélido viento nocturno acarició sus facciones, humedecidas por un sudor frío. El corazón aún le latía con frenesí, conservando la secuela dolorosa del violento agarre de Erick sobre su brazo.
Con las manos todavía sumidas en un intenso temblor, unió los dedos ante el pecho y se palpó de prisa la frente, el torso y ambos hombros.
—Dios mí