El eco de sus pasos resonó con suavidad a lo largo del corredor de mármol de la planta ejecutiva. En cuanto las puertas del ascensor se clausuraron, distanciándolos de la sala de juntas de los Vanderbilt, la rigidez que envolvía los hombros de Kenny comenzó a disiparse. El joven empresario desvió el rostro hacia Elly, contemplando los vestigios de zozobra que aún se dibujaban en las hermosas facciones de la dama.
—Te pido una disculpa por haberte tomado por sorpresa, Elly —articuló Kenny con un