En cuanto puso un pie en el ruidoso y colorido santuario de las atracciones infantiles del centro comercial, los ojos de Felix se iluminaron con absoluto asombro. El tintineo de las monedas, la estridencia de la música digital dan las risas de otros niños se conjugaron como la melodía más hermosa que hubiera escuchado jamás. Sus pequeños pies se apresuraron a correr por delante de su madre, dirigiéndose a toda prisa hacia una de las máquinas de juego más imponentes.
—¡Mamá! ¡Quiero jugar en ese