—¿Acaso no ha correspondido a la señal todavía? —inquirió Emma. Las huellas de la agitación se estampaban con nitidez en sus facciones de mediana edad mientras se desplazaba a pasos erráticos de un flanco a otro en la sala.
Kenny, quien desde hacía momentos permanecía estático e inflexible cerca del ventanal, se limitó a sacudir la cabeza. Sus maxilares se contrajeron firmemente, al tiempo que su pulgar presionaba de forma perenne el comando de rellamada en el dispositivo móvil.
Un desasosiego