La mañana transcurrió rápido. Ashton escuchaba con atención cada historia que mi hijo le contaba: sobre sus amigos del jardín, el señor Antonio y hasta de su padre. Yo los observaba en silencio, conmovida. Ya eran casi las doce cuando un hombre de traje llegó con el almuerzo. Dejó las bandejas sobre la mesa, y al verlo a la cara, mi corazón se detuvo.
—¿Tú? —murmuré.
Ashton se levantó de inmediato, frunciendo el ceño.
—¿Pasa algo?
No le respondí. Toda mi atención estaba en ese hombre.
—Eres tú.