Seguía apoyada sobre su pecho, envuelta en ese aroma que ya se me había quedado pegado en la piel. No sabía si habían pasado minutos o segundos desde que me pidió que no me moviera. Pero ahí estaba yo… obedeciendo, como si su voz tuviera poder sobre mis huesos.
Él acariciaba distraídamente mi espalda con la yema de sus dedos. No era un roce sexual. No era un gesto calculado.
Era peor.
Era cariñoso.
—¿Dormiste bien? —preguntó con esa voz ronca y baja que me hacía hervir por dentro.
Asentí, sin