OLIVER DRAKE
En mi pantalla, la rosa negra apareció de pronto.
No como código.
Como imagen. Ella la había enviado.
Una flor negra en medio del sistema, como si dijera: “Te veo.”
No pude evitar reír.
—Oh, estás jugando. Perfecto, Rosa… juguemos.
Y mientras ambos tecleábamos en habitaciones separadas, ocultos por kilómetros de cables y servidores, la lucha se volvía más interesante. Le enviaba trampas, y ella las desactivaba. Yo intentaba abrir una puerta, y ella me la cerraba. Así, nos medíamos c