ASHTON GARDNER
El reloj marcaba las 10 am.
La habitación estaba sumida en una paz dorada, tibia, de esas que uno teme romper si respira demasiado fuerte.
Liss seguía acostada a mi lado.
Su cabello enredado sobre la almohada, sus piernas rozando las mías bajo las sábanas.
Y aunque ya no dormía, tampoco se movía.
Estaba ahí, en ese espacio entre el sueño y la realidad, donde aún se podía respirar sin dolor.
Yo no tenía prisa.
Ni por hablar, ni por besarla, ni siquiera por tocarla.
Estaba aprendie