LISSANDRA
La luz matinal entraba perezosa por los ventanales, acariciando los muebles con un dorado suave. La suite olía a flores frescas, a café, y a ese aroma inconfundible que solo Ashton tenía: mezcla de piel limpia, seguridad y hogar.
Yo seguía en la cama, envuelta en su camisa blanca. Era tan grande que me cubría hasta las rodillas, pero no me molestaba. Me hacía sentir como si el mundo allá afuera no pudiera tocarme. Como si estuviera resguardada en una fortaleza construida por su amor y