La música llenaba el ecléctico salón envolviéndolo en una atmósfera trepidante. Cuando Amaya entró, pensó que aquella parecía la fiesta de agasajo de un grupo de jóvenes herederos, caprichosos y despreocupados. Ese ambiente la hacía sentir fuera de lugar.
Los sirvientes se movían con discreción entre el mar de cuerpos enmascarados, esbeltos y hermosos. Ofrecían exóticos canapés y bebidas de colores brillantes en vasos de fino cristal y por supuesto, también bandejas con copas llenas de sangre.