La noche del día siguiente Amaya se encontraba frente a la cama envuelta en una toalla. Observaba, perpleja, el generoso escote en la espalda del vestido rosa pálido de encaje y seda que Ryu le había enviado con la criada Carmín, y el cual debía usar durante la fiesta.
No sabía qué sentir, a cada instante estaba más confundida. El vestido le causaba repulsión. Nunca antes usó una prenda ni remotamente parecida. Nunca prestó atención a su imagen corporal. Siempre se dedicó a descartar todo aquel