Lidia
Mis ojos recorrían el laboratorio de mi hijo con orgullo. Él era lo más maravilloso que me había pasado, a pesar de que su padre fue un perro asqueroso.
Solté un suspiro y me crucé de brazos mientras contemplaba el lugar donde mi Ronaldo intentaba crear una sustancia capaz de neutralizar el antídoto que protegía a la zorra de Zebela y a su familia.
—Malditos... —susurré con el sabor amargo del odio en el paladar—. No merecen ser felices, no después de la vida cruda que me tocó vivir por s