Nevan
Mi alelamiento era tal que me quedé quieto, con la mente en blanco, tratando de asimilar las palabras y reclamos de Zebastiel.
—¡Detente! —la voz de mamá sonó como un trueno, autoritaria y potente.
—¡Déjeme darle un escarmiento! —gritó Zebastiel, y fue cuando noté que se quedó paralizado y con el puño extendido.
Ese maldito iba a golpearme.
Despabilé y me tiré de la cama. Al instante, las plantas de mis pies recibieron el frío del piso pulido y mis piernas flaquearon, pues todavía estaba